Cambio de mentalidad

Toca apelar al esfuerzo y al sacrificio. Quien no defendía esos valores hasta ahora ha de afrontarlos con resignación o, en el mejor de los casos, recapacitando y reconociendo que urge un cambio de mentalidad. Es muy humano despilfarrar cuando hay abundancia, y achacar a todos –menos a uno mismo- las situaciones de dificultad, apuros económicos y sacrificio. Se impone un cambio de mentalidad acompañado de pequeñas y grandes decisiones.

En el terreno de las pequeñas decisiones, por ejemplo, cabe situar el número de teléfonos móviles en una familia con apuros, que ahora son muchas. Familias con apuros serios, que no se atreven a decirles a sus hijos que no tengan teléfono móvil, y que papá, mamá o la abuela se lo pagan. Podrían usar el mismo móvil varios en una familia. Escuchar en el tren cómo llama un joven a sus padres para decir que acaba de salir en el tren, y luego escucharle cómo les dice que está llegando, causa un cierto bochorno. ¿Falta autoridad moral o complejo de los padres, que temen la respuesta del hijo y el “qué dirán” los amigos o familiares? ¿Y el número de coches en una familia?

Se acaba de anunciar que el Gobierno baraja alargar la jubilación. En una época en que disfrutamos de una estupenda tercera edad a mí me parece muy razonable estudiarlo. Se tiene un piso a la venta o para alquilar sin lograrlo ¿por qué no bajar un 30% y a ver qué pasa? Si no hay dinero para viajar, descansar sin complejos en la ciudad o en lugares cercanos a nuestro domicilio: más turismo nacional. ¿Cuántos jóvenes españoles vemos trabajar como camareros en fin de semana o verano, o recogiendo naranjas o compatibilizar estudios con trabajos de ese tipo? ¿Seguimos?

¿Por qué rechina a algunos el copago en sanidad o educación? Bienestar para todos, pero con solidaridad y justicia razonables. ¿Por qué no el copago en sanidad excepto pensionistas, parados y menores de edad? ¿Por qué no el copago en la educación, con más becas a quien las merezca? Esas medidas del copago exigen una disminución de los impuestos, lógicamente, y si unos padres llevan a su hija a un colegio privado debería reducirse su aportación en la declaración de renta anual. A la fuerza ahorcan, se dice, y un poco a la fuerza ahora hemos de reflexionar y adoptar decisiones con más cordura.

Iglesia silenciada

La Iglesia Católica en España, y en otros países, parece con frecuencia que esté silenciada por buena parte de los medios de comunicación, sobre todo en lo que se refiere a la amplia labor social que lleva a cabo. Debería destacarse, sobre todo en estos tiempos de profunda crisis económica, pero por eso mismo es más evidente el silencio, como una de la opciones que nos ofrecen los teléfonos móviles.

Se esconde sin descaro la labor social de la Iglesia, porque es imposible atacarla. La Iglesia en España tiene 5.141 centros de enseñanza (1.000.000 de alumnos, ahorra Estado 15.000 millones de euros al año), 107 hospitales (ahorra al Estado 5.000 millones al año), 1.000 centros diversos –minusválidos, enfermos SIDA, etc.- (ahorra 4.000 millones al año), 365 centros de reeducación para marginados sociales (50.000 beneficiados, ahorra 150 millones), 937 orfanatos (10.000 niños, ahorra 90 millones), Cáritas (155 millones que salen de donativos), Manos Unidas, Obras Misionales y la conservación del muy estimado patrimonio histórico-artístico (unos 35.000 millones que se ahorran al Estado). No olvidemos a las decenas de miles de voluntarios en este tipo de instituciones y tareas de otra índole, movilizados por una fe que se plasma en obras, no meramente en discursos o creencias sin consecuencias prácticas.

¿Cómo es posible el silencio ante esta realidad tan arraigada y extendida? No sé si el lector de estas líneas conoce algún comedor para indigentes que sufrague un sindicato o un partido político: puede argumentarse que no entra en sus fines, pero tal vez su vocación de servicio a la sociedad podría plasmarse en algunas iniciativas sociales, destinando una parte del sueldo de los liberados o recabando donativos de los afiliados ¿por qué no, ahora que toca hacer reformas profundas?

Sobre la Iglesia Católica se informa profusamente cuando hay polémica –real o creada artificialmente- o si surge algún escándalo. Voracidad mediática, y a veces sectarismo, con una mezcla de deficiente comunicación por parte de la Iglesia Católica, que me consta se desea mejorar.

Pero en el silenciamiento de la labor social que hace la Iglesia Católica hay una parte de responsabilidad por parte de los católicos, que parecen acomplejados –nadie es perfecto- y resignados a hacer esa labor social casi al estilo de las catacumbas, es decir, sin que se note o se sepa que los motivos espirituales generan y sostienen esa labor. Unos silencian y otros están acomplejados. Se cumple lo que escribió Quevedo: “el valiente tiene miedo del contrario; el cobarde, de su propio temor”.

Reforma laboral urgente

El refrán de que en la mesa y en el juego se conoce al caballero es bastante cierto. Son momentos en que se expresan con franqueza sentimientos, razones o deseos, con naturalidad, sin miramientos. Manda la espontaneidad.

Tras a jugar al tenis regularmente con un amigo, Juan-Pablo, se impone una conversación en que se habla de tenis y de cuanto surja. Nos explayamos. Y hablando de la situación del paro creciente que sufrimos en España, Juan-Pablo no pudo ser más explícito refiriéndose a uno de sus hijos que lleva tiempo sin trabajar: “lo que yo quiero, y mi hijo también, es trabajar en lo que sea, y bienvenidos serían para él y para todos unos 400 euros al mes”. Ahora el hijo de Juan-Pablo es un consumidor de televisión, de internet, del sofá y del insulso “salir con los amigos”, porque como él se encuentran vacíos de proyectos profesionales, de exigencia profesional, y con los bolsillos muy vacíos. Son jóvenes de unos 25 años.

No es anecdótico el comentario de Juan-Pablo, sino sintomático de lo que se piensa en la calle. La gente quiere trabajar, ingresar algo de dinero. Sin embargo, parece que los sindicatos en España siguen con quimeras o desean seguir haciéndose la ilusión de que estamos en el país de las maravillas. Unos sindicatos que son restos arqueológicos o piezas de anticuario, que se niegan a aceptar que los ciudadanos no se sienten representados. Estamos en un país que, con urgencia, debe resolver la dramática cifra del paro y, salvo mejores propuestas, lo más práctico es otear en el horizonte cómo lo resuelven otros países.

Seguimos asombrándonos de Alemania, de los Países Bajos, del Reino Unido, de Austria, que son los países actualmente de destino para bastantes jóvenes españoles. En esos países se han potenciado los contratos a tiempo parcial, que suponen entre un 25% y un 48% del total de contratos laborales en esos países, mientras en España tenemos la cifra del 14%, y la que menos tiene es Grecia, con un 6% ¡qué casualidad!

Los alemanes tienen fama de ser trabajadores y rígidos. Pero precisamente porque son trabajadores son capaces de ver en la flexibilidad laboral la salida real en estos momentos. Los españoles nos preciamos de flexibles, y somos rígidos. La reforma laboral que ahora debe aprobar Rajoy es, necesariamente, de flexibilidad.

Salida del túnel de la crisis

La prolongada y dura crisis económica es como una gran montaña que hay que atravesar construyendo un túnel. El túnel se ha empezado a construir, pero se requiere acertar en su construcción, con las “luces” adecuadas ver, avanzar y llegar al final. La gran cuestión es la salida del túnel de la crisis. Las medidas que han adoptado el Gobierno y el Consell pretenden atajar la hemorragia, o si se quiere el naufragio en el que estábamos. Pero con amputar o contener una hemorragia no se recupera la salud, es preciso pasar a medidas que posibiliten el crecimiento y el empleo.

Para salir de este túnel, no hay que olvidar que el origen es el despilfarro, la avaricia. Juan Roig, presidente de Mercadona, ya dijo que “la fiesta se ha acabado” y que lo mejor de 2011 era que sería mejor que 2012. ¿Pero la fiesta se ha acabado para todos, o hay privilegiados que siguen de fiesta? Es el debate que aflora en cualquier conversación en estos días. Hay que incentivar a pymes y autónomos, ya.

En cualquier caso, el túnel de la crisis ha de taponar el agujero que existe de falta de ética. Es una crisis de valores, incluso por encima de normas o económica, y por eso se han cometido un sinfín de tropelías que una familia media, con el mínimo sentido común, no hubiera cometido, ni ha cometido, pero que ahora sufre. Hay que convencerse de que la ética es rentable económicamente, sobre todo a medio y largo plazo. Directivos del ámbito público y privado, y la sociedad entera, han de descubrir el esfuerzo, el trabajo bien hecho y que de los abusos se deriva responsabilidad.

Los escándalos en la Junta de Andalucía que están aflorando son un monumento al abuso, y ahora es el chófer del ex director de Trabajo que está tirando de la manta, relatando cómo con el dinero de los trabajadores –subvenciones, EREs, etc.- consumían cocaína a diario él y su jefe, y se pagaban multitud de caprichos no pequeños.

Los 5 millones de parados en España obligan a cruzar el túnel de la salida de la crisis prestándoles ayuda, pues en bastante medida son los menos culpables, y los que están pagando la nefasta gestión de la crisis que se ha hecho en España hasta ahora. El Gobierno ha acertado con su apuesta por la solidaridad, y ha de seguir manteniendo el subsidio para los parados que no encuentren ocupación, añadiéndole una formación o dedicación de horas de trabajo en tareas para las que están capacitados.

La dictadura burocrática

Uno de los ejes principales de la política de Mariano Rajoy es suprimir la burocracia al máximo. Loables pretensiones, que son las de todos los españoles, porque la burocracia actual es desesperante, incomprensible.

La burocracia española ya fue magníficamente recogida por el escritor Mariano-José de Larra en “Vuelva usted mañana”, que recogía el desaliento de un inversor extranjero ante las innumerables trabas administrativas de España. Casi dos siglos han pasado.

Me resisto a admitir que la burocracia desmedida, ilógica, sea casi connatural con la idiosincrasia española. Las nuevas tecnologías han eliminado algunas trabas, pero asombrosamente no se utilizan para muchos trámites. Y el ciudadano paga, con su tiempo y dinero, la pasividad, indolencia o irresponsabilidad de ciertos empleados públicos.

La técnica y el poder político pueden suprimir burocracia, pero mientras no se cambien de mentalidad no se mejorará sustancialmente. Los trámites administrativos deben ser facilitados al máximo a cada ciudadano, es un deber de los empleados.

En una ciudad -prefiero no decir cuál, por el afecto que le tengo- se cita, hace unos días, a una persona para una inscripción en el Registro Civil, y se le dice que puede acudir a cualquier hora un martes o un jueves, por supuesto por la mañana solamente ¿por qué? Esa persona acude, pidiendo permiso en el trabajo y perdiendo ingresos consecuentemente, viajando no pocos kilómetros, y le dicen que no funciona el sistema informático, “como sucede con frecuencia” y a veces toda la mañana. Insólito. No sucedería si todos los ciudadanos que lo sufren reclamaran y si el responsable de informática pagara de su bolsillo la negligencia, o se arbitrara cualquier solución menos la tercermundista e injusta solución de que el ciudadano aguante.

Se nos ha subido el IRPF: ha llegado la hora de no transigir con la dictadura burocrática, con más derecho que nunca y por urgencia nacional. Estoy convencido que muchos empleados públicos aplauden estas líneas, porque sufren un sistema obsoleto.

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